feminismo, Reflexiones

El miedo a no llegar 

Soy incapaz de contar las veces que con 16, 17 años hacía el camino desde los multicines de Carrefour hasta casa de mis padres (mi casa también por ese entonces) corriendo por miedo. Sí, por miedo. Y sí, corriendo. Porque era de noche, porque esa calle estaba muy a oscuras y porque era además bastante solitaria, a pesar de ser una vía amplia. 

Si pasaba un coche o una moto, me sobresaltaba y me asustaba, y si veía a un grupo de chicos pasando por la acera de enfrente siempre miraba hasta encontrar un rostro femenino entre ellos que me proporcionara la seguridad de pensar que si iban con una mujer, no podrían haberme nada a mí, porque habría empatía. Y, ¿por qué? Porque me he criado en una sociedad en la que las mujeres tenemos miedo cuando salimos a la calle y vamos solas. Porque está sociedad patriarcal nos ha enseñado que las mujeres somos las que buscamos, las que provocamos, las culpables de las reacciones cavernícolas de los hombres. No ellos. Nosotras. 

Me pasé mi juventud corriendo cuando volvía a casa sola y aún hoy lo hago a veces cuando siento que el miedo es más fuerte que mi voluntad y mi raciocinio. Y corro con las llaves en la mano, deseando no tener que comprobar jamás si soy capaz de causar el daño suficiente para poder escapar y llegar a casa sana y salva. 

Y aunque nos queramos libres y valientes, la realidad es que aún nos queda mucho recorrido hasta poder salir a la calle con nuestra mejor falda o vestido, con nuestra blusa más ceñida sin sentir por ello que estamos provocando y que eso nos puede acarrear un problema al final del día. En mi día a día suelo llevar ropa ancha y me pongo pocas faldas y vestidos (sólo en ocasiones especiales), quizás porque prefiero pasar inadvertida. Aunque el movimiento #cuéntalo hoy en Twitter -donde miles de mujeres han contado sus abusos y agresiones-, demuestra que la ropa poco importa, ya que si quieren agredirte, van a hacerlo. 

Quizás mi historia te parezca naif y poco interesante. No he sido atacada por ningún desconocido en la calle (por suerte para mí) aunque sí me han gritado “gorda” en alguna que otra ocasión, curiosamente cuando hacía deporte. Y sí, también me he sentido violentada alguna vez al hacer cosas que no quería en una relación de pareja. 

Mi historia es simple, pero estoy convencida de que también es la de miles de mujeres más, porque estos miedos, estos pequeños gestos cotidianos los repetimos cada día y se los oímos a nuestras amigas, a nuestras hermanas, a las mujeres que conocemos y a las que no.

#cuéntalo #NoEsAbusoEsViolación #NoesNo #NoEstásSola 

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